Lloviznaba esa noche de una manera bautismal.
Musitaban LOS QUE PIENSAN cosas que yo no alcanzaba.
Entrando por las palmas de mis manos,
me desearon desafíos.
Me preguntaron acerca de lo sabido y lo soñado,
de lo vivido y de aquello esperado sin esperanza,
y soportaron esa manera lenta de caer en el pensamiento
que suelo tener cuando me resisto a caminar hacia atrás.
Viernes de noche un catorce de calles lavadas,
un junio inolvidable que me regalo en memorias,
voces en el patio, apagadas risas,
pisadas fugitivas, silencio.
Silencio y entro.
Y nadie pero Alguien.
Alguien me lleva y enciende para mí un cirio perfumado.
Voy saliendo de los sesenta siglos cuando ingreso
en su Habitáculo de Sabios.
Recupero aquella esencia perdida.
Me basta, me cubre, me colma el respirarlos,
sin saber si para hoy o para nunca
guardaré en custodia las joyas.
Y me entregan las piedras. Y me voy.
A la hora del reparto, visitaré casas de amigos,
dejaré algún diamante claro purísimo
y ahora me lo cuidan, diré,
me lo cuidan que no se empañen sus facetas,
que proyecten y proyecten esos rayos irisados,
rayos que al tocar un alma,
refracten la LUZ que volverá sobre nosotros tan amada.
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