domingo, 15 de noviembre de 2009

SOFTWARE

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Las mujeres de al lado espían y dicen hasta envidiamos
a esas mujeres semanales que dan conciertos de piano
sobre ese animal nervioso cargado de programas
caja muda que se abre y escribe
al conjuro de botones
casa madre puerta.
Rápidas y seguras, tic tic tic, deditos ágiles,
y ahí se mueven los números en la pantalla
envidiadas por aquellas que salimos a la vereda
a mirar a las personas envidiables
y no a las que duermen y sueñan sobre los vidrios.

Las semanales sabias liberan fragancias exóticas.
Tratamos de adivinar sus vidas misteriosas.
Usan el cabello breve un plumoncito amarillo.
Van al quiosco a comprar cigarrillos
y dejan sus dientes brillando
su cabeza como un sol de bronce bajo el toldo
en el juego de un minucioso recuerdo
del pobre quiosquero
que se pierde en inútiles monólogos interiores.

Ellas fuman como hombres y hablan como actrices
a nuestros ojos y oídos de cimientos no fecundados.
Creemos que se prostituyen
lo cual no excluye envidiar igual.
Son terriblemente misteriosas las sabias.
Deben tener un amante, dos, tres,

¡Si una pudiera despertar un día y ser de pronto una de ellas!
Comprar un programa y cargárselo una misma:
te lo metes por la cabeza y ...
¡enter! ¡enter!

Para colmo ese 104 que pasa de a ratos ...
viriles ellos conducen sin mirar a los lados
gallardos como si montaran a caballo
ásperos indiferentes devastadores
¡Aqui, aquí estoy! cogotes, sin mirar a los lados.
104, 1 + 4 da 5, ¡Ay, Primavera!

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